viernes, 23 de julio de 2010

Sobredosis de amor

Nos conocimos cuando yo aún era muy pequeña, trece años exactamente. Él, casi dos años mayor que yo, jamás disimuló su torpe atracción hacia mí. Yo lo consideraba tan solo un amigo, no le daba mucha importancia al hecho, sin embargo, sus constantes declaraciones de amor hacían que me pusiera muy nerviosa.

        Decidí alejarme, aunque no fue fácil, pues jamás se cansó de seguirme. Cada día recibía
mensajes suyos, generalmente más de uno, incluso recuerdo un día en el cual recibí 57 mensajes, sí 57, todos sin respuesta. Los meses pasaron y poco a poco, se cansó de esperarme, me dediqué a dejarle claro mis sentimientos y parece que al fin comprendía. Después de todo, ocho meses de llamadas sin contestar, cansan a cualquiera.
Los próximos dos años no supe nada de él, solo me escribía cada ciertos meses y me decía que aún me esperaba. Una tarde de enero me lo topé en una multitienda. A pesar del tiempo transcurrido no me fue difícil reconocerlo, el corazón me latía desenfrenadamente, pues no sabía cómo iba a reaccionar al verme después de tanto tiempo.

Como era de esperar corrió hacia mí, me abrazó tanto que casi me dejo sin respirar y me reprochó el no haberle contestado en tanto tiempo. Le dejé claro que jamás había querido herirlo y que simplemente había sido sincera con él. Sentí una especie de culpabilidad por haberlo herido tanto inconscientemente y decidí aceptar su petición, seríamos amigos. E
n ese momento no sabía el error que estaba cometiendo, y por el cual
me arrepentiría
eternamente.

Al principio se comportaba normal, sin embargo, poco a poco su obsesión volvió, y esta vez para siempre. Me perseguía, me dedicaba canciones, me declaraba amor eterno y celaba a cualquier chico que tan solo se me acercara.

La situación me tenía desgastada, llegué incluso a hablar con sus padres, cambiar mi número de celular y direcciones electrónicas, pero nada funcionó.

Ahora sabía mucho más de mí y me sentía absolutamente  atrapada en sus redes.


Entre todo ese lío amoroso, conocí a Diego, quien se encargó de hacerme olvidar la tormentosa situación, y amarme. Esta vez el sentimiento era mutuo. Llevábamos cuatro meses de relación, cuando el chico fenómeno se enteró:

Vivía con miedo, pues sabía que él no se quedaría así como si nada, y tenía razón.  Dos meses más tarde y cuando salía del cine con mi novio, lo vi. Ahí estaba, con otro extraño hombre, no alcancé a reaccionar cuando con arma en mano nos obligó a entrar a su auto, nos amarraron y nos vendaron los ojos, jamás pude ver donde estábamos, pero llegamos a un lugar que jamás vi antes, yo lloraba desenfrenadamente y le rogaba que nos soltara,

“Ya es tarde”, “Ya es tarde, “Ya es tarde”,
“Ya es tarde”, “Ya es tarde”, “Ya es tarde”,

Entre golpes e insultos abusó sexualmente de mí, en frente de mi novio, el cual se encontraba casi inconsciente debido a la paliza que le dieron. Cuando acabó conmigo, le disparó a Diego, quien murió a los pocos minutos.

No podía más del dolor, tan solo quería morir; y que esta
 pesadilla acabara, “Si no eres mía, no eres de nadie”, me gritó. Y el siguiente disparo fue para mí.
Desde ese momento perdí inmediatamente el conocimiento, y cuando desperté, en un hospital de cuidados intensivos, me contaron que encontraron el cuerpo de Diego, mi agresor y su extraño acompañante sin vida, y el mío,
al borde de la muerte.

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